Se puede vivir dormido

“Se puede vivir dormido”. Escuché esta frase hoy de una persona que realmente vio la muerte de frente. Tal vez al nacer, no despertamos del todo, solo entramos en un proceso, cada quien a su ritmo, de entendimiento de la realidad y el entorno. Muchas veces, las experiencias intensas e impactantes hacen que ese proceso se acelere drásticamente: vivir un tsunami, episodios de violencia, situaciones que obligan a un despertar en la conciencia.

Afortunadamente para mí, la situación traumática no fue un terremoto ni la muerte de un ser querido. Recuerdo muy bien ese momento en el que lo llamé "abrir los ojos". Con entusiasmo, le preguntaba a mis amigos del colegio: ¿te acuerdas cuándo fue que abriste los ojos? En un intento de buscar consuelo y sentirme parte de algo más grande que yo. Pero la frustración de no obtener respuesta me hizo desistir de seguir preguntando.

Fue la separación de mis padres, algo que para ese entonces era un océano en tamaño para mí, el creador inmediato de conciencia. Nació el mundo para mí, sentí el aire en mi cara, escuché mi entorno, me detuve y, al mismo tiempo, supe que nada paraba. Todo cambiaba, incluso el cambio.

Hoy, agradezco a mis padres por haberse separado. Fue el regalo más poderoso que me han dado. Sin ese choque eléctrico y efímero, quizás aún podría estar viviendo dormido.

Y es que muchos vivimos así, dormidos, arrastrados por la corriente. Nos levantamos, trabajamos, comemos, interactuamos, sin cuestionar realmente si estamos despiertos o simplemente respondiendo a una rutina programada. Nos movemos como si la vida fuese un río con una inercia propia, y rara vez nos preguntamos si estamos remando en la dirección que dicta nuestra intuición o simplemente dejándonos llevar.

Pero cada tanto, algo nos sacude. Un momento de lucidez, un golpe de realidad, una conversación que nos incomoda. Y por un instante, vemos con claridad. El reto es no volver a dormirnos. O al menos, encontrar la manera de despertar más seguido.

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