Un país en el que morimos de risa

Vivimos en un país donde siempre estamos “bien” cuando nos lo preguntan, incluso cuando no lo estamos. Nos reímos, hacemos un chiste, desviamos la conversación. Es casi un reflejo automático, como si ignorar el malestar lo hiciera desaparecer. Crecimos con la idea de que la tristeza es incómoda, que el enojo es un defecto y que mostrar vulnerabilidad es señal de debilidad. Nos enseñaron a disimular, a ocultar lo que duele bajo la máscara de la risa y el “todo bien”.

Pero, ¿por qué nos cuesta tanto admitir que no siempre estamos bien? ¿Por qué sentimos la necesidad de mostrarnos inquebrantables ante los demás? En la vida no se trata solo de estar bien a los ojos del mundo. Abrazar la luz y la oscuridad por igual es parte de lo que nos hace humanos. Aceptar el dolor, la incertidumbre y la tristeza no significa quedarnos atrapados en ellos, sino reconocer que también forman parte del viaje. Hay belleza en la risa, pero también en las pausas, en los silencios, en los días grises.

Me considero un crítico de mi entorno, no por resentimiento ni con malas intenciones. Lo hago como un ejercicio de esperanza. Observar, cuestionar y entender es mi manera de creer en la posibilidad de un cambio. El trópico me ha enseñado a disfrutar cierto nivel de caos, aunque a veces me siento un intruso en este espíritu latino que abraza el desorden con naturalidad. Es solo un sentir. Lo expreso hoy en palabras, lo cuestiono, lo abrazo, lo acepto.

Mientras voy por la ciudad, me pregunto: ¿de verdad los conductores no saben lo que significa manejar bien? ¿O simplemente eligen ignorarlo sin importar las consecuencias? ¿Somos realmente tan miopes como sociedad? Me inquieta la falta de conciencia colectiva, la manera en que seguimos adelante sin preguntarnos hacia dónde vamos.

Hoy recibimos los informes del colegio de Rafa. Es evidente que es un niño sensible, muchísimo. Le afectan las cosas que pasan a su alrededor, incluso aquellas que para la mayoría son pasajeras o sin importancia. Escucho a su profesora describirlo y me veo en un espejo, como una máquina del tiempo que me lleva a mi propia infancia. No quiero que sufra como yo, pero sé que es inevitable. Así somos los sensibles, y con el tiempo, aprenderá a vivir con ello.

Reflexiono sobre este colectivo que no se cuestiona nada, que sigue el flujo sin mirar demasiado. Y me pregunto: ¿será que yo me cuestiono demasiado? No lo sé. Pero decido enfrentar las preguntas, o al menos la búsqueda de sus respuestas. Tal vez sea una necesidad insaciable de entender al otro, de encontrar razones en lo absurdo. O quizás sea simplemente la única forma en que sé estar en el mundo.

Porque al final, Colombia es un país en el que morimos de la risa. Y esa frase, que suena tan ligera, carga un peso inmenso. Aquí, la risa es un disfraz, un mecanismo de defensa, un acto de supervivencia. Nos reímos fuerte para ahogar el miedo, nos burlamos del dolor para hacerlo más llevadero. Escondemos la muerte en las carcajadas, la convertimos en chiste para que duela menos.

Y así seguimos adelante, riendo, estemos bien o no.

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Se puede vivir dormido