Matapalos
La realidad de la selva no es muy diferente a la colombiana. Tal vez sea una enseñanza de la naturaleza, algo tan arraigado a nuestros orígenes que, sin darnos cuenta, lo llevamos grabado en el inconsciente colectivo. Como si en nuestra memoria más primitiva estuviera impreso un patrón: el de la lucha entre la abundancia y la supervivencia.
Tenemos la bendición y la maldición de haber nacido en un territorio supremamente rico. Y, al igual que ocurre con cualquier otro lugar de abundancia en la Tierra, la vida florece con intensidad, pero también se enfrenta a su propio caos. Como mamíferos que somos, nos sentimos inmensamente atraídos por esta tierra de excesos y contrastes, donde la belleza y la crudeza conviven en un equilibrio frágil.
Colombia, con su posición estratégica en el norte de Suramérica, encarna esas contradicciones de forma inexplicable. Es un país que toca dos océanos, que resiste el inclemente viento del norte en el desierto de la Guajira, pero que también se funde con la humedad impenetrable del Amazonas. Su identidad se expande y cambia de acentos con la misma rapidez con que cambian los colores de su paisaje. Es un territorio que, pese a los mapas que le impusieron, sigue sin conocer realmente sus propios límites.
Y en medio de esa exuberancia, de esa lucha constante entre lo que nace y lo que se apodera, aparece el matapalos.
El matapalos es una planta parasitaria que germina en lo alto de un árbol huésped y, poco a poco, va echando raíces que descienden hasta el suelo. Al principio parece inofensiva, una liana más entre la maraña verde. Pero con el tiempo, sus raíces se enredan con tal fuerza alrededor del tronco que terminan asfixiando al árbol que la sostiene. Se alimenta de su vitalidad, lo ahoga lentamente hasta que un día, en su interior, solo queda un vacío. Y el matapalos se mantiene erguido, como si siempre hubiese sido un árbol más del bosque.
Esa imagen es una metáfora dolorosa, pero también poderosa. ¿Cuántos matapalos han echado raíces en nuestra historia? ¿Cuántas veces nos han hecho creer que estamos creciendo cuando, en realidad, estamos siendo consumidos desde adentro?
Colombia, como la selva, ha sido testigo de esta paradoja durante siglos. Un país rico que ha alimentado a otros mientras, en su interior, se ahoga lentamente. Una tierra de inmensa biodiversidad que ha sido invadida por fuerzas externas que le extraen su savia. Un lugar donde lo natural y lo impuesto se confunden, donde la identidad se enreda en las raíces de lo que fue y lo que podría ser.
Pero la naturaleza también enseña otro camino. Hay árboles que logran resistir al matapalos. Crecen con tanta fuerza que, en lugar de ser asfixiados, terminan integrándolo en su estructura, convirtiéndolo en una parte más de su ser. No lo ignoran ni lo rechazan, pero tampoco le permiten tomar el control.
Quizás, como país, nos toca aprender de ellos. Enfrentar nuestras propias contradicciones sin dejarnos consumir por ellas. Comprender nuestra riqueza sin permitir que nos asfixien quienes solo buscan aprovecharse de ella. Enraizarnos con más fuerza, no solo en nuestra tierra, sino en nuestra memoria.
Porque la abundancia es un regalo, pero solo si sabemos cuidarla. Y para cuidar algo, primero hay que reconocerlo, conocerlo, sentirlo propio.