Todo es uno

No había terminado de caer el sol, cuando una brisa tímida me refrescó el corazón, de esas que sin mucho pensar, te traen lindos recuerdos y van fluyendo uno tras otro sin ningún esfuerzo.

Así me sentí esa tarde en medio de cálida y húmeda selva, en esos silencios que aturden, no por el sonido real del exterior, si no mas bien por la intensidad de sensaciones que experimenta el cuerpo y la mente en estos momentos de conexión profunda con el ser.

Estaba sentado en la arena blanca de una playa en el caño de San Joaquín, en Guainía, no muy lejos de los cerros de Mavecure, como lo llaman los nativos, un lugar de encuentro entre los humanos y sus dioses. Formaciones rocosas negras de miles de años que surgen del plano como impredecibles gigantes, sin miedo a resaltar entre los árboles, ubicados estratégicamente, para ser admirados desde el río Inírida, que los acaricia con un respeto impecable y hace que atravesarlos sea una experiencia de asombro. Tal vez por estar en este lugar y resignado por su imponencia, que los pensamientos no son de la misma intensidad que en donde acostumbro vivir, en la ciudad.

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DQ8 + DQ2.5